Los siete mejores libros de Ray Bradbury, el poeta de la ciencia ficción

Ray Bradbury fue un gran escritor y también fue un gran amante de los libros. Le gustaban todos los géneros: la poesía, la novela, los cuentos y los ensayos. Leyó todos los que pudo, aprendió todo lo que pudo aprender.

Escribió sin parar, durante toda su vida. Cuando era joven y buscaba labrarse una carrera como escritor publicó en revistas que no pagaban casi nada, pero escribió siempre lo que él quiso. Cuando hubo triunfado siguió escribiendo por puro placer, o porque lo necesitaba como quien necesita respirar, o porque descubrió que la escritura es la mejor de las terapias. Como dice en uno de sus mejores poemas, «hacer es ser / abarrotarse de hacer: ése es el juego».

En sus charlas y conferencias, algunas de las cuales se pueden ver en Youtube, Bradbury aparece siempre con una sonrisa, rezumando amor por los libros, recomendando a todo el mundo leer, leer como locos, leer cada día.

Lee un poema o una historia corta o un ensayo cada día, cada noche, antes de irte a la cama. Hazlo durante mil días, sin parar. Imagínate la cantidad de conocimientos que habrás acumulado, la cantidad de metáforas que tendrás en la cabeza.

Escribió multitud de relatos, bastantes poemas y algunas novelas, que hoy día tenemos disponibles en una buena colección de libros.

Estos son los mejores.

Crónicas marcianas, 1950

¿Qué ha hecho este hombre de Illinois, me pregunto al cerrar las páginas de su libro, para que episodios de la conquista de otro planeta me pueblen de terror y de soledad?”, se preguntó Jorge Luis Borges, tan aficionado a este libro de Bradbury que le escribió el prólogo que hoy abre casi todas sus ediciones.

A Bradbury lo clasificamos siempre entre los escritores de ciencia ficción, y su novela más famosa, Fahrenheit 451, es una de las grandes novelas distópicas, pero su literatura se parece mucho más a la fantasía de Borges o de Bioy Casares o incluso al realismo mágico latinoamericano que a las novelas de Philip K. Dick, Arthur C. Clarke o a los grandes títulos de la ciencia ficción militar.

Seguro que su ferviente originalidad también fascinó a Borges, que nunca se dejó llevar por las modas. Bradbury contó muchas veces que empezó escribiendo por calderilla en revistas que publicaban toda clase de basura. Que hasta los 37 años él y su mujer, que para entonces ya tenían cuatro hijos, no pudieron permitirse comprar un coche. Que escribía a cambio de lo que pudiera conseguir, pero que escribía lo que él quería, y que era capaz de pelearse con sus editores para que publicaran sus historias sin cambiarles una coma. Y que gracias a eso, al contrario que muchos escritores de éxitos efímeros, sus primeras historias siguen circulando.

Una de esas historias, publicada en la revista Planet Stories en 1947, dio origen nada menos que a Crónicas marcianas, uno de los libros más célebres del siglo XX.

Es curioso, padre; pero sí, creo que volverán, todos. Ya sé que hemos venido huyendo de muchas cosas: la política, la bomba atómica, la guerra, los grupos de presión, los prejuicios, las leyes; ya lo sé. Pero nuestro hogar está aún allá abajo. Espere y verá. Cuando la primera bomba atómica caiga en los Estados Unidos, la gente de aquí arriba comenzará a pensar. No han vivido aquí bastante tiempo. No más de un par de años. Si hubieran pasado aquí cuarenta años, todo sería distinto; pero allá abajo están sus parientes, y los pueblos donde nacieron. Yo ya no puedo creer en la Tierra; apenas puedo imaginármela. Pero yo soy viejo. No cuento. Podría quedarme aquí.

¿Cuál era ese terror y esa soledad que afectaban a Borges? Crónicas marcianas no es una novela, sino una colección de relatos cortos ambientados en una conquista de Marte que Bradbury imaginó sin glamour, sin la pureza y el silencio de las fantasías tecnológicas, llena de la misma miseria que puebla la Tierra: guerra, violencia, racismo, odio y miedo. Y a pesar de todo, son historias que destilan idealismo y esperanza. Aldous Huxley, después de leer una de estas historias, hizo una visita a Bradbury sólo para decirle esta frase: «señor, creo que es usted un poeta».

Crónicas marcianas

Crónicas marcianasRay BradburyTapa dura. 352 páginas. Austral.Comprar

Fahrenheit 451, 1953

A mediados del siglo XX, mientras el mundo se aproximaba hacia el inquietante futuro de la Guerra Fría y la proliferación de armas nucleares, las novelas distópicas y de ciencia ficción conquistaron las librerías. Primero había llegado Nosotros, del ruso Yevgueni Zamiatin, casi desconocido hasta medio siglo después; luego llegaron los grandes clásicos del género: 1984, de Orwell, y Un mundo feliz, de Huxley. Y entre ellas, la que completa la gran trilogía: Fahrenheit 451, quizá el más brillante o al menos el más exitoso de los libros de Ray Bradbury.

Como no podía ser de otra manera, en la distopía de Bradbury los protagonistas fueron los libros. En una sociedad futura, cuyo origen y funcionamiento nos son desconocidos, los libros han sido prohibidos. Tan pronto como un «alijo» es descubierto, el servicio de bomberos del que forma parte Montag, el protagonista de la novela, se ocupa de quemarlos. Y de ahí el título: 451 grados Fahrenheit, la temperatura a la que arde el papel, la que está grabada, a modo de cínico logotipo, en el casco de Montag:

Con su casco simbólico en que aparecía grabado el número 451 bien plantado sobre su impasible cabeza y sus ojos convertidos en una llama anaranjada ante el pensamiento de lo que iba a ocurrir, encendió el deflagrador y la casa quedó rodeada por un fuego devorador que inflamó el cielo del atardecer con colores rojos, amarillos y negros. El hombre avanzó entre un enjambre de luciérnagas. Quería, por encima de todo, como en el antiguo juego, empujar a un malvavisco hacia la hoguera, en tanto que los libros, semejantes a palomas aleteantes, morían en el porche y el jardín de la casa; en tanto que los libros se elevaban convertidos en torbellinos incandescentes y eran aventados por un aire que el incendio ennegrecía.

Vivir sin libros es como vivir sin significados ni explicaciones complejas. La gente vegeta en un permanente estado de entretenimiento, controlados, sin saberlo, por un gran hermano omnipresente. Grandes pantallas que ocupan paredes enteras son tanto válvula de escape como policía, una constante música plana y un hervidero de noticias inocuas ocupan los días sin alimentar la mente ni el alma. ¿Suena familiar?

Bradbury, como siempre, se guardó un hálito de esperanza pero no es este el lugar para desvelarlo. Para eso hay que abrir el libro y leerlo hasta el final. Porque Fahrenheit 451 es uno de esos libros que hay que leer al menos una vez en la vida.

Fahrenheit 451

Fahrenheit 451Ray BradburyTapa blanda. 256 páginas. DeBolsillo.Comprar

El hombre ilustrado, 1951

El hombre que da nombre a El hombre ilustrado tiene el cuerpo lleno de tatuajes, pero no tatuajes corrientes sino tatuajes asombrosos y mágicos, y todo el que los contempla no puede evitar que su mente se ilumine con historias que pueden ser fabulosas o terribles, pero siempre vívidas e intensas.

Si en lo mejor de su carrera el Greco hubiese pintado miniaturas, no mayores que tu mano, infinitamente detalladas, con sus colores sulfurosos y sus deformaciones, quizá hubiera utilizado para su arte el cuerpo de este hombre. Los colores ardían en tres dimensiones. Eran como ventanas abiertas a mundos luminosos. Aquí, reunidas en un muro, estaban las más hermosas escenas del universo. El hombre ilustrado era un museo ambulante. No era ésta la obra de esos ordinarios tatuadores de feria que trabajan con tres colores y un aliento que huele a alcohol. Era el trabajo de un genio; una obra vibrante, clara y hermosa.

Bradbury, con esta excusa inicial, lleva al lector de paseo por «La pradera», un cuento tan moderno que parece un capítulo de Black Mirror (pero mejor), en el que una habitación infantil, llena de pantallas y destinada a la realidad virtual, se convierte en una pesadilla. O por un «Caleidoscopio», en el que un astronauta se estrellará sin remisión contra la atmósfera de la Tierra después de que su nave estalle en una terrible explosión:

Mañana por la noche me estrellaré contra la atmósfera de la Tierra. Arderé, y mis cenizas se esparcirán por todos los continentes. Seré útil. Sólo un poco, pero las cenizas son cenizas y se mezclarán con la tierra […] Cuando entre en la atmósfera, arderé como un meteoro. Me pregunto si alguien me verá.

Y entre medias tenemos nuevas visitas a Marte, nuevas reflexiones en torno el eterno conflicto entre el progreso tecnológico y la psicología humana, nuevos viajes por el infinito universo de Bradbury, tan lleno de planetas como de poesía, y nuevos episodios del apocalipsis nuclear que en todos sus libros imaginó como futuro de los terrestres.

Un libro que es fácil de leer pero que contiene una intensidad abrumadora y unas imágenes poderosas, en el que los cuentos, que funcionan a modo de metáforas, condensan los principales amores y preocupaciones de un Bradbury desatado y efervescente. Una maravilla.

El hombre ilustrado

El hombre ilustradoRay BradburyTapa blanda. 288 páginas. Booket Comprar

Las doradas manzanas del sol, 1953

Bradbury defendió a menudo la relevancia de la fantasía, nombre que siempre prefirió al de ciencia ficción. Fue, junto con Orwell, Huxley, Ursula K. Le Guin y Philip K. Dick uno de sus grandes valedores. «La ciencia ficción devora ideas, las digiere y nos dice cómo sobrevivir. Sin fantasía no hay realidad».

Pero la fantasía de Bradbury no sólo era moralmente provechosa sino que está tan imbuida de literatura, de alta literatura, que cualquier etiqueta genérica se le queda pequeña. Véase si no el cuento que da nombre a esta recopilación, bautizado en honor a un poema de Yeats. Asistimos allí al intento de aproximación de una nave espacial, capitaneada por un personaje que inspirado en el Ahab de Moby Dick, a las mismas entrañas del Sol. Esta es una de sus reflexiones:

Un millón de años atrás, pensó el capitán, rápidamente, rápidamente, mientras movía la mano y la Copa, un millón de años atrás un hombre desnudo en una solitaria senda norteña vio un rayo que hería un árbol. Su clan huyó, pero él con las manos desnudas recogió una rama ardiente, quemándose la carne de los dedos, y la llevó, corriendo, triunfante, amparándola de la lluvia con el cuerpo, hasta su caverna. Allí gritó una carcajada y arrojó la llama a un montón de hojas secas y le dio a su gente el verano. Y la tribu se acercó al fin, arrastrándose, al fuego, y extendió las manos vacilantes y sintió la nueva estación en la caverna, aquella mancha amarilla que cambiaba el clima, y ellos también, al fin, sonrieron nerviosamente. Y recibieron el don del fuego.

Bradbury fue un escritor con mayúsculas, y en este volumen, compuesto de veintidós cuentos de variadísimos temas, lo demuestra con creces.

Las doradas manzanas del sol

Las doradas manzanas del solRay BradburyTapa blanda. 288 páginas. Minotauro.Comprar

El árbol de las brujas, 1972

Pipkin es el más intrépido, el más atrevido de un grupo de niños que se preparan para salir a disfrutar de la fiesta de Halloween. Sus amigos van a buscarle y, cuando salen, se topan con una casa misteriosa cuyo habitante misterioso los encamina a un árbol muy extraño.

En el borde de la profunda y obscura cañada envuelta en las sombras de la noche, el hombre señaló un punto más arriba del perfil de las colinas y de la tierra, alejado del resplandor de la luna, bajo la tenue luz de unos astros extraños. El viento agitó el albornoz negro y el capuchón que ocultaban a medias al hombre y le descubrió a medias el rostro casi descarnado.

Pipkin se pierde por el camino, y sus amigos, junto con el hombre de la casa misteriosa, inician un viaje para buscarlo, un viaje astral por todos los países y los lugares que han tenido algo que ver con la cultura del Día de los Muertos. Se pasean por Irlanda, por Egipto, por México o por Notre Dame envueltos en una prosa que alcanza pasajes de preciosa poesía.

Los chicos se levantaron de un salto y corrieron hasta la entrada obscura de la tumba. Entonces miraron arriba y vieron dónde estaban. El Valle de los Reyes, donde se erguían unos inmensos dioses de piedra. Una extraña lluvia de lágrimas de polvo les brotaba de los ojos, lágrimas de arena y de roca pulverizada.

El árbol de las brujas pertenece una época distinta en la producción de Bradbury. Se aleja de las naves espaciales pero no del misterio ni de la fantasía, que siempre lo acompañaron. Es un libro precioso, ideal para el otoño, y haciendo caso a Juan Ramón Jiménez hay que decir que no es un libro infantil, sino un libro que disfrutarán, y con el que crecerán, los niños tanto como los adultos.

El árbol de las brujas

El árbol de las brujasRay BradburyTapa blanda. 160 páginas. Minotauro.Comprar

Zen en el arte de escribir, 2002

«Si no escribiese todos los días, uno acumularía veneno y empezaría a morir, o desquiciarse, o las dos cosas«, dice Bradbury en las primeras páginas de Zen el arte de escribir, un libro que ya reseñamos en nuestra lista de libros para aprender a escribir.

Como no podía ser de otra manera en un autor tan aficionado a las distancias cortas, el libro es un conjunto de relatos breves. Cada uno describe cómo nació uno de sus cuentos o novelas, qué experiencia o reflexión o cruce de ideas lo iluminó, y cada uno se relaciona con un consejo, o con una serie de ellos, sobre el arte de escribir. «Cuando la gente me pregunta de dónde saco las ideas me da risa. Qué extraño… Tanto nos ocupa mirar fuera para encontrar formas y medios, que olvidamos mirar dentro«. Mirar a la experiencia, a la verdad interior:

he oído a granjeros hablar de su primera cosecha de trigo […] y aunque no eran Robert Frost, parecían su primo tercero. He oído a conductores de locomotora hablar de América en el tono de Thomas Wolfe, que recorrió nuestro país con estilo como lo recorrían ellos con acero. He oído a madres contar la larga noche de su primer parto y el miedo de que el bebé muriese. Y he oído a mi abuela hablar de la primera pelota que tuvo, a los siete años. Y, cuando se les entibiaban las almas, todos eran poetas.

En Bradbury, la pasión y la disciplina eran una misma cosa, porque él amaba leer y escribir. Su receta para los que quieren ser escritores era sencilla: si quieres ser escritor tienes que escribir a diario, decía. Y continuaba diciendo que también tienes que leer todo tipo de cosas: sobre todo poesía, ensayos de todos los temas e historias breves. Y que esos libros pueden ser de cualquier temática siempre que sean buena literatura. Que hay que leer libros malos. Que si lees uno de cada tipo –una poesía, un ensayo, un relato– todas las noches, antes de irte a dormir, tu cabeza se irá llenando de metáforas que con el tiempo aprenderás a identificar, y luego a crear. Que si escribes un relato a la semana, y lo haces durante un año entero, al final tendrás cincuenta y dos relatos escritos. Entre ellos habrá un montón de porquería, pero es imposible que no haya alguno bueno, incluso muy bueno. Bradbury decía que la cantidad al final redunda en la calidad, que Leonardo y Miguel Ángel se hartaron de hacer bocetos mediocres antes de producir sus obras maestras, que «la cantidad da experiencia y sólo de la experiencia puede surgir la calidad».

La receta está ahí y no es complicada. Lee libros buenos, léelos con atención, hazlo todos los días. Escribe sin parar. Entiende que fracasar es rendirse, no escribir un mal relato. Con el tiempo mejorarás y además aprenderás a disfrutar del proceso.

Zen en el arte de escribir

Zen en el arte de escribirRay BradburyTapa blanda. 152 páginas. Minotauro.Comprar

Siempre nos quedará París, 2009

Ray Bradbury falleció en el año 2006 y tres años después apareció un material inédito suficiente, en calidad y cantidad, como para componer una nueva recopilación de cuentos. Le pusieron por título el de uno de los más carismáticos.

Y no, no fue un mero intento editorial por exprimir la gallina de los huevos de oro. Ya sabemos la pasión con la que abordaba Bradbury su escritura. De su pluma salieron obras mejores y peores, pero nunca abordó un proyecto con desgana.

Los relatos que componen esta colección son la creación de dos personas: el yo que observa y el yo que escribe. Estas dos personas que viven en mi interior lo han hecho bajo un letrero que ha colgado sobre mi máquina de escribir durante setenta años: No pienses, haz. Ninguna de estas historias está meditada; todas ellas son explosiones o impulsos. A veces son grandes explosiones de ideas que no puedo resistir, otras pequeños impulsos persuadidos para crecer.

Estos cuentos fueron escritos en un lapso de tiempo extraordinariamente amplio, y son por tanto más variados de lo habitual. El que busque sólo cuentos fantásticos ambientados en el espacio, al estilo de los de El hombre ilustrado o Crónicas marcianas, sólo encontrará uno. La mayoría ocurren en la Tierra y muchos de ellos son juegos, como el de una locutora de radio que se materializa en casa de una familia, o el de una conversación entre amigos que sucede en orden reverso, del final hacia el principio. Hay cuentos intimistas, cuentos melancólicos, cuentos casi humorísticos; todos destilan el mismo amor por las palabras de siempre.

Siempre nos quedará París

Siempre nos quedará ParísRay BradburyTapa blanda. 224 páginas. Minotauro.Comprar

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